«Crees que lo tienes todo controlado, Max, pero este ya no es tu juego».
Max Weston es el rey de las reglas: sabe cómo conseguir alcohol con una identificación falsa, cómo encantar a su novia Vicky y cómo proteger a Davey, su mejor amigo alérgico que ni siquiera puede mirar a una chica a los ojos. Pero tras una sangrienta noche en el lago y el ataque de una bestia en el bosque, el tablero cambia por completo. Algo oscuro despierta en Davey: una fuerza salvaje que no tiene paciencia para los planes de Max ni respeto por la seguridad de su hermana Ash. Mientras Davey se vuelve más fuerte, inteligente y letal, Max se ve atrapado en una espiral donde el carisma y las mentiras ya no bastan. El monstruo ahora dicta las reglas, y en este nuevo juego, el precio de ganar podría ser la vida de las personas que Max más ama.
pide la traduccion haciendote miembro en:
https://www.patreon.com/cw/LegiondeAndromeda/membership
CAPITULO 1:
Para que el
resto de esta historia tenga sentido, tienen que saber que Davey y yo habíamos
sido mejores amigos desde siempre.
Mi primer
recuerdo es de los dos escapándonos del jardín de niños para jugar bajo la
lluvia torrencial. En el caos del lavado de manos después de la merienda, tiré
de la camiseta de Davey e incliné la cabeza hacia la puerta. Su rostro se
iluminó con una sonrisa conspiradora. Nos escabullimos por el pasillo y salimos
al diluvio.
Acabábamos
de transformar un trozo de lodo en el patio en un tobogán improvisado, riendo y
escupiendo agua tras nuestras inevitables caídas, cuando la puerta retumbó.
—¡Niños!
—gritó la Sra. Mitchell.
Nos hizo
entrar marchando, refunfuñando sobre llamar a nuestros padres. Yo estaba
demasiado eufórico por la aventura como para que me importara. Mi papá
probablemente solo me daría un tirón de oreja y me llamaría «pillo» con ese
tono que me indicaba que era un cumplido.
Mientras
esperábamos allí, goteando junto a la fila de casilleros, Davey empezó a
temblar. Se le llenaron los ojos de lágrimas y mi alegría se desvaneció.
Recordé lo que había visto de su padre: el chasquido brusco de su voz, la forma
en que apretaba los dedos cuando sacaba a Davey de la habitación a empujones.
—¡Fue idea
mía, Sra. Mitchell! —dije—. Davey no debería meterse en problemas. No es justo.
La Sra.
Mitchell entrecerró los ojos.
—Están a
punto de perder su tiempo de computadora por el resto del mes. ¿Quieres que
sean dos meses solo para ti, Max?
Levanté la
barbilla.
—Sí. Él ni
siquiera quería venir, yo lo obligué. Todo es culpa mía.
No era
cierto, pero lo decía en serio con cada fibra de mi ser de cinco años. Habría
hecho cualquier cosa por Davey. Habría muerto por él, si eso hubiera servido de
algo. Si van a creer algo de todo esto, crean eso.
***
El lago era
el mejor lugar para ir de fiesta, sin duda alguna. Llegar hasta allí era un
poco complicado, así que todos se quejaron cuando les conté el plan, pero
estábamos a mediados de mayo y ya hacía un calor sofocante. Nadie quería estar
amontonado en el apartamento de Reuben o en la casa de los padres de alguien,
chocando unos con otros e intercambiendo sudor cada vez que iban a buscar una
cerveza. Les recordé a las chicas que podrían bailar bajo las estrellas, y a
los chicos que tal vez convencerían a las chicas de nadar desnudas; con eso
todos aceptaron.
El sábado
por la tarde, le dije a mamá que necesitaba el auto para «llevar a Vicky a un
picnic bajo la luz de la luna» y pasé por la licorería con mi identificación
alterada. Cuando toqué la bocina frente a la casa de Davey, él salió a medio
estornudar. La temporada de polen estaba en pleno apogeo. Tenía los ojos rojos
y el cabello alborotado, como si se hubiera bañado y luego tomado una siesta,
pero al menos había elegido una camisa que lo hacía ver más esbelto que
flacucho. A veces se ponía en plan de que no tenía oportunidad de ligar, así
que para qué intentarlo. Yo sostenía que no puedes ganar un juego a menos que
lo estés jugando.
—La
primavera apesta —dijo mientras subía al auto. Sorbió por la nariz—. Malditos
árboles. Malditas flores. Voto por que nuestra próxima guerra sea declarada
contra toda la vida vegetal.
Resoplé y
arranqué.
—Pareces
una flor con ese cabello. Mi mamá guarda un peine en la guantera; hazte
presentable, hombre.
Me puso una
mueca, pero sacó el peine.
—Pasé la
última media hora intentando encontrar las pastillas para la alergia. El
estúpido gato las tiró debajo de la cómoda.
Tras unos
rápidos pases por los desordenados mechones castaños, se dejó caer en el
asiento y sacó un trozo de papel del bolsillo. Una pequeña sonrisa cruzó su
rostro.
—Oye, pensé
que te gustaría este. ¿Recuerdas cómo el Sr. Peck arremetió contra Reuben por
tocar su auto ayer?
Eché un
vistazo y me eché a reír. Los bocetos de cómics de Davey eran de otro nivel.
Había dibujado al Sr. Peck como un Elmer Gruñón malvado —lo cual no se alejaba
mucho de la realidad—, con un peluquín de treinta centímetros y chispas
saliendo de su boca. Nuestro profesor señalaba con el dedo al Reuben de
caricatura, de cabello enmarañado, que estaba de pie junto al auto mirando
distraídamente hacia el horizonte. Los reflejos en el parabrisas del auto
formaban ojos, que le daban una mirada de fastidio a su dueño.
—Buenísimo
—dije—. Tienes que mostrárselo a Rube. Y a Vicky cuando pasemos por ella; le
hará gracia.
—¿Cuánto
tiempo llevas con ella ya, Max? —preguntó Davey—. Empiezo a pensar que estás
sentando cabeza.
—Solo han
sido tres meses —dije, lo cual, admitámoslo, era una especie de récord—. No nos
vamos a casar. Simplemente tiene un poco más de personalidad que otras. No
tiene sentido cortar algo que va bien.
—No es como
si fueras a tener problemas para encontrar un reemplazo cuando quieras. —Davey
sacudió la cabeza—. ¿Y esa chica con la que dijiste que me ibas a presentar?
¿Va a estar allí esta noche?
—Patience,
my Padawan. Ese tipo de operación delicada toma tiempo.
—¿Entonces
por qué voy? Odio estas cosas.
—Porque
siempre vienes —respondí—. Tengo que tener a alguien allí que me haga quedar
bien.
Él me lanzó
una mirada fulminante y yo le golpeé el hombro con el puño.
—Soy lo
único que se interpone entre tú y una vida solitaria de porno en internet.
Cállate y diviértete, ¿quieres?
Encontramos
a Vicky sentada en los escalones de su porche con Shannon, Tyler y un par de
cajas de cerveza. Llevaba el vestido rosa que me había modelado en privado la
semana anterior; le quedaba ajustado arriba y suelto abajo de la manera justa,
y su cabello aclarado por el sol estaba recogido en una coleta, dejando al
descubierto sus hombros y su cuello bronceado. Cuando se asomó por la ventana
abierta para darme un beso de saludo, su boca sabía a brillo labial de cereza.
Me pregunté qué tan enojado se pondría Davey si pedía un tiempo muerto de diez
minutos y la cargaba escaleras arriba hasta su habitación.
Se apartó
sonriendo.
—Hola,
guapo. —Luego miró más allá de mí—. ¡Hola, Davey!
—Hola —dijo
Davey, sin llegar a mirarla a los ojos.
Siempre se
quedaba mudo cuando Vicky estaba cerca —su reacción estándar ante la belleza
femenina—, pero ella nunca daba a entender que lo notaba. Como le había dicho a
Davey, Vicky era más que solo una chica linda. También era un encanto. Yo la
había encasillado en el tipo de «hueca» hasta una fiesta cerca del Día de San
Valentín, cuando Davey le derramó su vaso de cerveza encima. Ella pasó todo el
tiempo que él estuvo disculpándose frenéticamente asegurándole que no pasaba
nada. Así que la invité a bailar y me ofrecí a llevarla a casa. Hemos pasado
bastante tiempo en este auto desde entonces.
Vicky se
deslizó en el asiento detrás de mí, Shannon y Tyler metieron la cerveza en el
maletero y saltaron a su lado, y nos fuimos. Una vez que salimos del pueblo,
pisé el acelerador y dejé que el motor rugiera. El lago estaba a quince minutos
por esa carretera recta y solitaria. Los primeros cinco minutos fueron campos
de maíz o pastizales. Luego los árboles empezaron a multiplicarse hasta que
hubo un bosque espeso a ambos lados.
El auto
apenas se adentraba en las sombras afiladas de los pinos cuando Vicky soltó un
jadeo.
—¿Qué
diablos fue eso? —dijo Tyler.
Solté el
acelerador.
—¿Qué pasa?
—Había algo
allí atrás —dijo Vicky—. Junto a los árboles. Creo que vi sangre.
—Probablemente
un perro al que atropellaron —dijo Shannon.
—Era más
grande que un perro —dijo Tyler.
Cambié al
freno.
—Supongo
que deberíamos volver y echar un vistazo entonces.
Tyler puso
una mueca.
—¿Quieres
ir a mirar restos de animales?
—¿Y si es
una persona a la que atropellaron? —dije—. ¿Quieres dejar que se desangre?
Naturalmente,
no hubo más quejas después de eso. La grava crujió bajo mis zapatos al bajar.
Entorné los ojos hacia los árboles. Imaginen si encontráramos un cuerpo en el
bosque. Nadie olvidaría jamás esta fiesta.
—Fue un
poco más adelante, del otro lado —dijo Vicky.
Ella y los
demás me siguieron mientras cruzábamos la carretera. El sol se estaba poniendo,
haciendo que nuestras sombras se estiraran a nuestro lado como gigantes
hambrientos. A unos diez pasos, el olor me golpeó: rancio y empalagoso. Mi
estómago dio un vuelco. Supe, antes de que el zumbido de las moscas llegara a
mis oídos, que era demasiado tarde para hacer algo por quienquiera o lo que
fuera que yaciera allí.
Shannon se
detuvo, tosiendo y sacudiendo la cabeza, y Tyler se quedó con ella. Vicky
siguió caminando a mi lado, tensa. Davey se rezagó detrás, como si realmente no
quisiera venir pero no pudiera pensar en una excusa para no hacerlo. Saqué mi
teléfono del bolsillo de los jeans, apretando los dedos contra la funda de
plástico. Si era una persona, tendríamos que reportarlo.
Avanzamos
por la grava pasando junto a un grupo de retoños inclinados y nos detuvimos en
seco ante la vista del cadáver. Todo lo que quedaba era una masa de carne,
entrañas y piel. Apenas era reconocible como algo, pero una pata sobresalía:
pelaje marrón apelmazado con sangre y una pezuña al final.
—Es una
vaca —dije.
Vicky se
llevó la mano a la boca y retrocedió. A Davey se le cortó la respiración.
—Parece que
algo realmente quería una hamburguesa —murmuró.
Había
empezado a inhalar por la boca instintivamente, pero el hedor de la carne
podrida me impregnaba el paladar y me subía por la nariz, junto con algo acre y
agrio, como sudor viejo. Me aclaré la garganta y escupí al suelo. Nada digno de
noticia en una vaca muerta. Pero ahora me alegraba. Ver a un ser humano
destrozado de esa forma habría sido...
Reprimí un
escalofrío.
—¿Qué hizo
eso? —preguntó Vicky, con su voz temblorosa amortiguada por su mano—. Un auto
no la habría destrozado tanto.
—Tal vez un
grupo de coyotes la atacó —dije—. O un par la encontraron después de que ya
estuviera herida.
—¡Bueno, ya
he visto suficiente! —Davey dio media vuelta y se dirigió al auto.
Vicky me
tomó la mano. Miró hacia atrás una vez mientras nos alejábamos y se estremeció.
—Al menos
no era una persona, ¿verdad? —dije, apretándole los dedos.
—Sí
—respondió—. Solo que se veía tan... feroz, ¿sabes?
Nadie dijo
mucho en el resto del camino hacia el lago, pero tan pronto como estacioné en
el borde del claro, todo recuerdo del cadáver de la vaca pareció desvanecerse.
Shannon y Tyler corrieron por el pasto ralo hacia la zona arenosa al borde del
agua, riendo. Vicky y yo sacamos las hieleras del maletero. Quedaban algunos
troncos en el fogón. Arrastré a Davey hacia el borde del bosque para buscar
leña menuda.
Un
acantilado bajo, marcado por cuevas, se alzaba más allá de los árboles. Le di
un codazo a Davey.
—¿Recuerdas
la vez que fuimos a hacer espeleología?
—Recuerdo
cómo te empeñaste en decir esa palabra cada cinco minutos —dijo secamente—. Y
que me convenciste de intentar pasar por el hueco al fondo de una de las
cuevas.
Me reí.
—Es cierto.
¿Cuánto tiempo tardaste en salir de nuevo?
—Lo
suficiente como para que tus padres estuvieran listos para llamar al FBI cuando
llegamos a casa.
La sonrisa
de Davey flaqueó. Sin duda estaba recordando, como yo acababa de hacer, cómo su
padre también se había vuelto loco. La siguiente vez que lo vi, no todos sus
moretones eran de las rocas.
Le di una
palmada en la espalda a Davey.
—Bueno,
ambos sobrevivimos. —Y en unos meses estaríamos lejos de ese imbécil—. ¿Va a
venir Ash? —preguntó Davey mientras caminábamos de regreso al claro con nuestro
botín.
—A menos
que se haya vuelto demasiado «cool» para las fiestas de su hermano mayor
—dije—. ¡Oye, el último en llegar al fogón tiene que encender el fuego!
Ni siquiera
intenté ganar. Troté hacia el fogón y me di la vuelta, sonriendo. Davey llegó
jadeando tras de mí. Dejó caer la leña junto a las piedras con un suspiro.
—Te dará
algo que hacer mientras reúnes el valor para bailar. —Le di un pequeño
empujón—. Te ayudaré. Ve a buscar el encendedor.
Para cuando
teníamos un fuego decente, el cielo estaba oscuro excepto por el círculo pálido
de la luna y un puñado de estrellas, y el resto de la multitud había empezado a
llegar. Conté once vehículos mientras colocaba mi teléfono en la base de
altoces sobre el techo del auto de mi mamá y dejaba que la música tronara. Más
faros brillaron desde la carretera. Ash y su grupo se adueñaron de algunas de
las mantas junto al fogón. Reuben y Crystal llegaron rugiendo en su Vespa,
ambos ya drogados y cargando bolsas con pastillas. Las botellas chocaban, los
hot dogs siseaban sobre las llamas y las parejas entraban y salían del agua
chapoteando. Era todo lo que una fiesta de Max Weston debía ser.
Vicky bailó
conmigo, luego con sus amigas, y luego conmigo otra vez. Davey se sentó
encorvado en un tronco cerca del fuego, moviendo las brasas con un palo.
Después de un rato, Vicky lo obligó a levantarse y lo puso a bailar también.
Todos los
amigos de Ash se habían levantado. Ash y Emmett —su chico del mes— se
balanceaban al ritmo de la música junto a otra pareja. Los otros de segundo año
corrían por la arena, gritando, en un juego de atrapadas borrachos. Emmett
seguía intentando deslizar sus manos por debajo de la ajustada camisa abotonada
de Ash. Cada vez, ella se reía y se escapaba de su alcance. Levantó los brazos
en el aire, con sus pulseras de plata brillando y sus párpados cayendo mientras
se perdía en la canción. Emmett la observaba con una mirada tensa. Luego se
dirigió a las hieleras.
Caminé
hacia allí para llegar justo al mismo tiempo que él, como por casualidad.
—Toma —le
ofrecí cuando tomó una botella sellada con un precinto de plástico—. Yo me
encargo.
Él levantó
la vista y vi que me reconoció: como el hermano mayor de su novia, como el
anfitrión de la fiesta, no importaba. Me dio un breve asentimiento y una
sonrisa aún más breve. Saqué mi navaja suiza, abrí la hoja y la apliqué al
plástico. Me tomé un poco más de tiempo del necesario con el corte mientras
Emmett esperaba. Él era del tipo de hombros tatuados y postura de gorila, que
interpretaría cualquier aparición de un cuchillo como una exhibición de fuerza.
La cerré de golpe y le entregué la botella.
—¿Te
diviertes con Ash? —pregunté a la ligera.
Él desvió
la mirada.
—Sí —dijo,
y se alejó.
Reuben se
acercó caminando con torpeza, moviendo la cabeza e intentando enfocarme al
mismo tiempo.
—¡Max! El
lago. Increíble. ¡La mejor idea de la historia!
—Gracias,
hombre —dije.
Cada vez
que hablaba con Reuben me costaba más creer que era el mismo tipo que solía
subirse al techo conmigo y con Davey para discutir el estado del mundo, la
naturaleza del universo y si alguno de nosotros tenía oportunidad de ligar. En
algún momento de los últimos dos años había perdido la noción de la moderación.
Era como si cuantas más drogas se metía por un lado, más de todo lo demás que
solía ser parte de él se vaciaba por el otro.
—¡Mira esa
maldita luna! —gritó. Extendió los brazos y giró en un círculo, con el rostro
hacia el cielo. Luego se tambaleó y recuperó el equilibrio apoyándose en un
auto—. Tienes que probar lo nuevo que consiguió Crystal. Se le olvidó... volvió
al apartamento a buscarlo. Es asombroso.
—Claro,
Rube —dije, aunque nunca tomo pastillas en un evento grande como este. Alguien
tiene que mantener la cabeza fría—. Avísame cuando regrese.
Puede que
haya dicho algo más, pero mi mirada cruzó el claro en ese momento. Emmett
estaba sentando a Ash en su regazo. Su expresión habría sido ilegible para casi
cualquiera. Sus labios se curvaban en una sonrisa coqueta y sus ojos estaban
ocultos tras sombras azul oscuro que combinaban con los mechones de su cabello.
Pero yo la conocía. Su mandíbula se tensó mientras él le hablaba al oído, y el
ángulo de sus hombros estaba rígido mientras se apartaba el flequillo de la
cara.
Alcé mi
cerveza hacia Reuben a modo de despedida y rodeé el fuego.
—Oye, Em
—dije desde atrás de ellos—. Tengo que pedirle prestada a mi hermana un
segundo. —Cuando ella me miró, levanté las cejas—. Me dijiste que habías puesto
el repelente de insectos en el maletero, pero no lo veo por ninguna parte.
Ash no
había dicho nada sobre repelente, pero no lo demostró. Suspiró y se bajó del
regazo de Emmett.
—Tiene que
estar por ahí. Vuelvo en un segundo, Em.
Emmett
frunció el ceño y no dijo nada.
—¿Por qué
dejas que te haga enojar? —le pregunté mientras caminábamos hacia el auto.
Ash se pasó
las palmas de las manos por los ojos.
—Dice que
no le gusta la gente que está aquí. Quiere ir a una fiesta estúpida de uno de
sus amigos en el pueblo. Su amigo que siempre me mira como si estuviera a punto
de comerse un helado encima de mí.
El numerito
de la navaja había servido para más de lo que esperaba.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario