martes, 10 de marzo de 2026

Beast - Megan Crewe (Leer en Español Primer Capitulo)

 


«Crees que lo tienes todo controlado, Max, pero este ya no es tu juego».

Max Weston es el rey de las reglas: sabe cómo conseguir alcohol con una identificación falsa, cómo encantar a su novia Vicky y cómo proteger a Davey, su mejor amigo alérgico que ni siquiera puede mirar a una chica a los ojos. Pero tras una sangrienta noche en el lago y el ataque de una bestia en el bosque, el tablero cambia por completo. Algo oscuro despierta en Davey: una fuerza salvaje que no tiene paciencia para los planes de Max ni respeto por la seguridad de su hermana Ash. Mientras Davey se vuelve más fuerte, inteligente y letal, Max se ve atrapado en una espiral donde el carisma y las mentiras ya no bastan. El monstruo ahora dicta las reglas, y en este nuevo juego, el precio de ganar podría ser la vida de las personas que Max más ama.


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CAPITULO 1: 

 

Para que el resto de esta historia tenga sentido, tienen que saber que Davey y yo habíamos sido mejores amigos desde siempre.

Mi primer recuerdo es de los dos escapándonos del jardín de niños para jugar bajo la lluvia torrencial. En el caos del lavado de manos después de la merienda, tiré de la camiseta de Davey e incliné la cabeza hacia la puerta. Su rostro se iluminó con una sonrisa conspiradora. Nos escabullimos por el pasillo y salimos al diluvio.

Acabábamos de transformar un trozo de lodo en el patio en un tobogán improvisado, riendo y escupiendo agua tras nuestras inevitables caídas, cuando la puerta retumbó.

—¡Niños! —gritó la Sra. Mitchell.

Nos hizo entrar marchando, refunfuñando sobre llamar a nuestros padres. Yo estaba demasiado eufórico por la aventura como para que me importara. Mi papá probablemente solo me daría un tirón de oreja y me llamaría «pillo» con ese tono que me indicaba que era un cumplido.

Mientras esperábamos allí, goteando junto a la fila de casilleros, Davey empezó a temblar. Se le llenaron los ojos de lágrimas y mi alegría se desvaneció. Recordé lo que había visto de su padre: el chasquido brusco de su voz, la forma en que apretaba los dedos cuando sacaba a Davey de la habitación a empujones.

—¡Fue idea mía, Sra. Mitchell! —dije—. Davey no debería meterse en problemas. No es justo.

La Sra. Mitchell entrecerró los ojos.

—Están a punto de perder su tiempo de computadora por el resto del mes. ¿Quieres que sean dos meses solo para ti, Max?

Levanté la barbilla.

—Sí. Él ni siquiera quería venir, yo lo obligué. Todo es culpa mía.

No era cierto, pero lo decía en serio con cada fibra de mi ser de cinco años. Habría hecho cualquier cosa por Davey. Habría muerto por él, si eso hubiera servido de algo. Si van a creer algo de todo esto, crean eso.


***

El lago era el mejor lugar para ir de fiesta, sin duda alguna. Llegar hasta allí era un poco complicado, así que todos se quejaron cuando les conté el plan, pero estábamos a mediados de mayo y ya hacía un calor sofocante. Nadie quería estar amontonado en el apartamento de Reuben o en la casa de los padres de alguien, chocando unos con otros e intercambiendo sudor cada vez que iban a buscar una cerveza. Les recordé a las chicas que podrían bailar bajo las estrellas, y a los chicos que tal vez convencerían a las chicas de nadar desnudas; con eso todos aceptaron.

El sábado por la tarde, le dije a mamá que necesitaba el auto para «llevar a Vicky a un picnic bajo la luz de la luna» y pasé por la licorería con mi identificación alterada. Cuando toqué la bocina frente a la casa de Davey, él salió a medio estornudar. La temporada de polen estaba en pleno apogeo. Tenía los ojos rojos y el cabello alborotado, como si se hubiera bañado y luego tomado una siesta, pero al menos había elegido una camisa que lo hacía ver más esbelto que flacucho. A veces se ponía en plan de que no tenía oportunidad de ligar, así que para qué intentarlo. Yo sostenía que no puedes ganar un juego a menos que lo estés jugando.

—La primavera apesta —dijo mientras subía al auto. Sorbió por la nariz—. Malditos árboles. Malditas flores. Voto por que nuestra próxima guerra sea declarada contra toda la vida vegetal.

Resoplé y arranqué.

—Pareces una flor con ese cabello. Mi mamá guarda un peine en la guantera; hazte presentable, hombre.

Me puso una mueca, pero sacó el peine.

—Pasé la última media hora intentando encontrar las pastillas para la alergia. El estúpido gato las tiró debajo de la cómoda.

Tras unos rápidos pases por los desordenados mechones castaños, se dejó caer en el asiento y sacó un trozo de papel del bolsillo. Una pequeña sonrisa cruzó su rostro.

—Oye, pensé que te gustaría este. ¿Recuerdas cómo el Sr. Peck arremetió contra Reuben por tocar su auto ayer?

Eché un vistazo y me eché a reír. Los bocetos de cómics de Davey eran de otro nivel. Había dibujado al Sr. Peck como un Elmer Gruñón malvado —lo cual no se alejaba mucho de la realidad—, con un peluquín de treinta centímetros y chispas saliendo de su boca. Nuestro profesor señalaba con el dedo al Reuben de caricatura, de cabello enmarañado, que estaba de pie junto al auto mirando distraídamente hacia el horizonte. Los reflejos en el parabrisas del auto formaban ojos, que le daban una mirada de fastidio a su dueño.

—Buenísimo —dije—. Tienes que mostrárselo a Rube. Y a Vicky cuando pasemos por ella; le hará gracia.

—¿Cuánto tiempo llevas con ella ya, Max? —preguntó Davey—. Empiezo a pensar que estás sentando cabeza.

—Solo han sido tres meses —dije, lo cual, admitámoslo, era una especie de récord—. No nos vamos a casar. Simplemente tiene un poco más de personalidad que otras. No tiene sentido cortar algo que va bien.

—No es como si fueras a tener problemas para encontrar un reemplazo cuando quieras. —Davey sacudió la cabeza—. ¿Y esa chica con la que dijiste que me ibas a presentar? ¿Va a estar allí esta noche?

—Patience, my Padawan. Ese tipo de operación delicada toma tiempo.

—¿Entonces por qué voy? Odio estas cosas.

—Porque siempre vienes —respondí—. Tengo que tener a alguien allí que me haga quedar bien.

Él me lanzó una mirada fulminante y yo le golpeé el hombro con el puño.

—Soy lo único que se interpone entre tú y una vida solitaria de porno en internet. Cállate y diviértete, ¿quieres?

Encontramos a Vicky sentada en los escalones de su porche con Shannon, Tyler y un par de cajas de cerveza. Llevaba el vestido rosa que me había modelado en privado la semana anterior; le quedaba ajustado arriba y suelto abajo de la manera justa, y su cabello aclarado por el sol estaba recogido en una coleta, dejando al descubierto sus hombros y su cuello bronceado. Cuando se asomó por la ventana abierta para darme un beso de saludo, su boca sabía a brillo labial de cereza. Me pregunté qué tan enojado se pondría Davey si pedía un tiempo muerto de diez minutos y la cargaba escaleras arriba hasta su habitación.

Se apartó sonriendo.

—Hola, guapo. —Luego miró más allá de mí—. ¡Hola, Davey!

—Hola —dijo Davey, sin llegar a mirarla a los ojos.

Siempre se quedaba mudo cuando Vicky estaba cerca —su reacción estándar ante la belleza femenina—, pero ella nunca daba a entender que lo notaba. Como le había dicho a Davey, Vicky era más que solo una chica linda. También era un encanto. Yo la había encasillado en el tipo de «hueca» hasta una fiesta cerca del Día de San Valentín, cuando Davey le derramó su vaso de cerveza encima. Ella pasó todo el tiempo que él estuvo disculpándose frenéticamente asegurándole que no pasaba nada. Así que la invité a bailar y me ofrecí a llevarla a casa. Hemos pasado bastante tiempo en este auto desde entonces.

Vicky se deslizó en el asiento detrás de mí, Shannon y Tyler metieron la cerveza en el maletero y saltaron a su lado, y nos fuimos. Una vez que salimos del pueblo, pisé el acelerador y dejé que el motor rugiera. El lago estaba a quince minutos por esa carretera recta y solitaria. Los primeros cinco minutos fueron campos de maíz o pastizales. Luego los árboles empezaron a multiplicarse hasta que hubo un bosque espeso a ambos lados.

El auto apenas se adentraba en las sombras afiladas de los pinos cuando Vicky soltó un jadeo.

—¿Qué diablos fue eso? —dijo Tyler.

Solté el acelerador.

—¿Qué pasa?

—Había algo allí atrás —dijo Vicky—. Junto a los árboles. Creo que vi sangre.

—Probablemente un perro al que atropellaron —dijo Shannon.

—Era más grande que un perro —dijo Tyler.

Cambié al freno.

—Supongo que deberíamos volver y echar un vistazo entonces.

Tyler puso una mueca.

—¿Quieres ir a mirar restos de animales?

—¿Y si es una persona a la que atropellaron? —dije—. ¿Quieres dejar que se desangre?

Naturalmente, no hubo más quejas después de eso. La grava crujió bajo mis zapatos al bajar. Entorné los ojos hacia los árboles. Imaginen si encontráramos un cuerpo en el bosque. Nadie olvidaría jamás esta fiesta.

—Fue un poco más adelante, del otro lado —dijo Vicky.

Ella y los demás me siguieron mientras cruzábamos la carretera. El sol se estaba poniendo, haciendo que nuestras sombras se estiraran a nuestro lado como gigantes hambrientos. A unos diez pasos, el olor me golpeó: rancio y empalagoso. Mi estómago dio un vuelco. Supe, antes de que el zumbido de las moscas llegara a mis oídos, que era demasiado tarde para hacer algo por quienquiera o lo que fuera que yaciera allí.

Shannon se detuvo, tosiendo y sacudiendo la cabeza, y Tyler se quedó con ella. Vicky siguió caminando a mi lado, tensa. Davey se rezagó detrás, como si realmente no quisiera venir pero no pudiera pensar en una excusa para no hacerlo. Saqué mi teléfono del bolsillo de los jeans, apretando los dedos contra la funda de plástico. Si era una persona, tendríamos que reportarlo.

Avanzamos por la grava pasando junto a un grupo de retoños inclinados y nos detuvimos en seco ante la vista del cadáver. Todo lo que quedaba era una masa de carne, entrañas y piel. Apenas era reconocible como algo, pero una pata sobresalía: pelaje marrón apelmazado con sangre y una pezuña al final.

—Es una vaca —dije.

Vicky se llevó la mano a la boca y retrocedió. A Davey se le cortó la respiración.

—Parece que algo realmente quería una hamburguesa —murmuró.

Había empezado a inhalar por la boca instintivamente, pero el hedor de la carne podrida me impregnaba el paladar y me subía por la nariz, junto con algo acre y agrio, como sudor viejo. Me aclaré la garganta y escupí al suelo. Nada digno de noticia en una vaca muerta. Pero ahora me alegraba. Ver a un ser humano destrozado de esa forma habría sido...

Reprimí un escalofrío.

—¿Qué hizo eso? —preguntó Vicky, con su voz temblorosa amortiguada por su mano—. Un auto no la habría destrozado tanto.

—Tal vez un grupo de coyotes la atacó —dije—. O un par la encontraron después de que ya estuviera herida.

—¡Bueno, ya he visto suficiente! —Davey dio media vuelta y se dirigió al auto.

Vicky me tomó la mano. Miró hacia atrás una vez mientras nos alejábamos y se estremeció.

—Al menos no era una persona, ¿verdad? —dije, apretándole los dedos.

—Sí —respondió—. Solo que se veía tan... feroz, ¿sabes?

Nadie dijo mucho en el resto del camino hacia el lago, pero tan pronto como estacioné en el borde del claro, todo recuerdo del cadáver de la vaca pareció desvanecerse. Shannon y Tyler corrieron por el pasto ralo hacia la zona arenosa al borde del agua, riendo. Vicky y yo sacamos las hieleras del maletero. Quedaban algunos troncos en el fogón. Arrastré a Davey hacia el borde del bosque para buscar leña menuda.

Un acantilado bajo, marcado por cuevas, se alzaba más allá de los árboles. Le di un codazo a Davey.

—¿Recuerdas la vez que fuimos a hacer espeleología?

—Recuerdo cómo te empeñaste en decir esa palabra cada cinco minutos —dijo secamente—. Y que me convenciste de intentar pasar por el hueco al fondo de una de las cuevas.

Me reí.

—Es cierto. ¿Cuánto tiempo tardaste en salir de nuevo?

—Lo suficiente como para que tus padres estuvieran listos para llamar al FBI cuando llegamos a casa.

La sonrisa de Davey flaqueó. Sin duda estaba recordando, como yo acababa de hacer, cómo su padre también se había vuelto loco. La siguiente vez que lo vi, no todos sus moretones eran de las rocas.

Le di una palmada en la espalda a Davey.

—Bueno, ambos sobrevivimos. —Y en unos meses estaríamos lejos de ese imbécil—. ¿Va a venir Ash? —preguntó Davey mientras caminábamos de regreso al claro con nuestro botín.

—A menos que se haya vuelto demasiado «cool» para las fiestas de su hermano mayor —dije—. ¡Oye, el último en llegar al fogón tiene que encender el fuego!

Ni siquiera intenté ganar. Troté hacia el fogón y me di la vuelta, sonriendo. Davey llegó jadeando tras de mí. Dejó caer la leña junto a las piedras con un suspiro.

—Te dará algo que hacer mientras reúnes el valor para bailar. —Le di un pequeño empujón—. Te ayudaré. Ve a buscar el encendedor.

Para cuando teníamos un fuego decente, el cielo estaba oscuro excepto por el círculo pálido de la luna y un puñado de estrellas, y el resto de la multitud había empezado a llegar. Conté once vehículos mientras colocaba mi teléfono en la base de altoces sobre el techo del auto de mi mamá y dejaba que la música tronara. Más faros brillaron desde la carretera. Ash y su grupo se adueñaron de algunas de las mantas junto al fogón. Reuben y Crystal llegaron rugiendo en su Vespa, ambos ya drogados y cargando bolsas con pastillas. Las botellas chocaban, los hot dogs siseaban sobre las llamas y las parejas entraban y salían del agua chapoteando. Era todo lo que una fiesta de Max Weston debía ser.

Vicky bailó conmigo, luego con sus amigas, y luego conmigo otra vez. Davey se sentó encorvado en un tronco cerca del fuego, moviendo las brasas con un palo. Después de un rato, Vicky lo obligó a levantarse y lo puso a bailar también.

Todos los amigos de Ash se habían levantado. Ash y Emmett —su chico del mes— se balanceaban al ritmo de la música junto a otra pareja. Los otros de segundo año corrían por la arena, gritando, en un juego de atrapadas borrachos. Emmett seguía intentando deslizar sus manos por debajo de la ajustada camisa abotonada de Ash. Cada vez, ella se reía y se escapaba de su alcance. Levantó los brazos en el aire, con sus pulseras de plata brillando y sus párpados cayendo mientras se perdía en la canción. Emmett la observaba con una mirada tensa. Luego se dirigió a las hieleras.

Caminé hacia allí para llegar justo al mismo tiempo que él, como por casualidad.

—Toma —le ofrecí cuando tomó una botella sellada con un precinto de plástico—. Yo me encargo.

Él levantó la vista y vi que me reconoció: como el hermano mayor de su novia, como el anfitrión de la fiesta, no importaba. Me dio un breve asentimiento y una sonrisa aún más breve. Saqué mi navaja suiza, abrí la hoja y la apliqué al plástico. Me tomé un poco más de tiempo del necesario con el corte mientras Emmett esperaba. Él era del tipo de hombros tatuados y postura de gorila, que interpretaría cualquier aparición de un cuchillo como una exhibición de fuerza. La cerré de golpe y le entregué la botella.

—¿Te diviertes con Ash? —pregunté a la ligera.

Él desvió la mirada.

—Sí —dijo, y se alejó.

Reuben se acercó caminando con torpeza, moviendo la cabeza e intentando enfocarme al mismo tiempo.

—¡Max! El lago. Increíble. ¡La mejor idea de la historia!

—Gracias, hombre —dije.

Cada vez que hablaba con Reuben me costaba más creer que era el mismo tipo que solía subirse al techo conmigo y con Davey para discutir el estado del mundo, la naturaleza del universo y si alguno de nosotros tenía oportunidad de ligar. En algún momento de los últimos dos años había perdido la noción de la moderación. Era como si cuantas más drogas se metía por un lado, más de todo lo demás que solía ser parte de él se vaciaba por el otro.

—¡Mira esa maldita luna! —gritó. Extendió los brazos y giró en un círculo, con el rostro hacia el cielo. Luego se tambaleó y recuperó el equilibrio apoyándose en un auto—. Tienes que probar lo nuevo que consiguió Crystal. Se le olvidó... volvió al apartamento a buscarlo. Es asombroso.

—Claro, Rube —dije, aunque nunca tomo pastillas en un evento grande como este. Alguien tiene que mantener la cabeza fría—. Avísame cuando regrese.

Puede que haya dicho algo más, pero mi mirada cruzó el claro en ese momento. Emmett estaba sentando a Ash en su regazo. Su expresión habría sido ilegible para casi cualquiera. Sus labios se curvaban en una sonrisa coqueta y sus ojos estaban ocultos tras sombras azul oscuro que combinaban con los mechones de su cabello. Pero yo la conocía. Su mandíbula se tensó mientras él le hablaba al oído, y el ángulo de sus hombros estaba rígido mientras se apartaba el flequillo de la cara.

Alcé mi cerveza hacia Reuben a modo de despedida y rodeé el fuego.

—Oye, Em —dije desde atrás de ellos—. Tengo que pedirle prestada a mi hermana un segundo. —Cuando ella me miró, levanté las cejas—. Me dijiste que habías puesto el repelente de insectos en el maletero, pero no lo veo por ninguna parte.

Ash no había dicho nada sobre repelente, pero no lo demostró. Suspiró y se bajó del regazo de Emmett.

—Tiene que estar por ahí. Vuelvo en un segundo, Em.

Emmett frunció el ceño y no dijo nada.

—¿Por qué dejas que te haga enojar? —le pregunté mientras caminábamos hacia el auto.

Ash se pasó las palmas de las manos por los ojos.

—Dice que no le gusta la gente que está aquí. Quiere ir a una fiesta estúpida de uno de sus amigos en el pueblo. Su amigo que siempre me mira como si estuviera a punto de comerse un helado encima de mí.

El numerito de la navaja había servido para más de lo que esperaba.

 


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