PRIMERA PARTE
Angel City, California
La alquimia es más que la simple transformación de algo en otra cosa... Es nuestro lamento por todo lo que nunca logramos... ¿Qué harás para importar? ¿Qué huella dejarás para que tu existencia no haya sido en vano?
La Nueva Alquimista, por Suzume Ito, 1996
Sam
De niña, Sam es capaz de ver la belleza en todo. Puede pasar una hora admirando la espiral del caparazón de un caracol. Cada mañana, ella y su peluche, Conejo, saludan a los dientes de león de un amarillo mantecoso que crecen entre las grietas de la acera. Por la noche, las farolas forman charcos de plata en el suelo. La grieta del techo de su habitación tiene forma de estrella. Y cuando su madre confecciona cortinas para las ventanas con sábanas viejas, Sam observa las flores cosidas a mano danzar en el viento como si la tela misma fuera una pradera.
Para ella, su apartamento es grande. Tiene un baño ordenado, un dormitorio que comparte con su madre, una cocina que puede producir comidas calientes y un frigorífico que su madre, de algún modo, mantiene perpetuamente abastecido. Su madre es una maga con el dinero, convirtiendo un saco de harina de dos kilos en semanas de fideos y tortitas de cebolleta, y estirando la carne de pollo picada en kilos de empanadillas. A Sam le encanta quedarse dormida con el olor a buena comida llenando su hogar. Siente que el corazón le va a estallar por estos miles de pequeños placeres, porque eso es lo que parece una vida perfecta.
Por eso, cuando Sam oye hablar por primera vez de la alquimia, solo ve lo que debería ser: algo hermoso, una posibilidad infinita.
La madre de Sam trabaja en el restaurante de comida china Mandarin Palace. Cuando Sam sale del colegio, coge el metro hasta el restaurante, donde se sienta en un rincón a hacer los deberes. Es su talento, supone, la capacidad de desaparecer.
Una tarde calurosa, es testigo de cómo su madre toma nota a dos hombres que llevan insignias con forma de zorro dorado en las solapas. El señor Hayes, el dueño, se apresura a asegurarles que la casa invita. Sam se sienta en la mesa de la esquina junto a la de ellos, inadvertida, echando vistazos a sus preciosos zapatos Oxford. Los hombres parecen casi irreales, la tela de sus trajes, fina y suntuosa.
Están hablando en voz baja.
—¿Le han dado una atribución a Will Taylor? —pregunta uno.
El otro hombre asiente mientras coge un tenedor. —Constantine —responde.
—Ah —dice el primero—. ¿Un elementalista, entonces?
—Uno muy bueno. Se dice que Diamond se lo llevará con ella cuando vaya a Oxford a negociar un nuevo acuerdo.
—Su hijo parece joven para eso.
El otro hombre juguetea con el tenedor. —Tiene el talento suficiente como para que hagan una excepción.
—¿Deberíamos preocuparnos?
—¿No crees que tenemos suficiente talento en Lumines?
—No me refería a eso.
El hombre gira ligeramente la muñeca.
Sam parpadea. Habría jurado que sostenía un tenedor, pero ahora es una cuchara.
Mientras la usa para remover un polvo blanco y brillante en su café, Sam intenta convencerse de que siempre había sido una cuchara. Pero sabe lo que vio. La cuchara había sido un tenedor.
Cuando su madre regresa, cambian de tema y halagan sus pendientes de plata baratos. Pero su madre sonríe como lo hace cuando los clientes le gritan: una sonrisa forzada y sumisa. Murmura: «Gracias». Solo cuando se aleja, continúan. Sam, inocente y completamente ignorada, sigue escuchando.
—¿Sabe Reed que Will se va?
—Todavía no.
—Deberías decírselo. Mejor que se entere por nosotros que por el león alado.
El segundo hombre hace una mueca. —¿Y por qué tengo que hacerlo yo?
El primero se encoge de hombros. —Se te da bien.
—Pura mierda. Merezco un ascenso.
—Paciencia. La alquimia es la ciencia de transformar algo en otra cosa más deseable, ¿no? Pues transfórmate a ti mismo. Mejórate. El resto vendrá solo.
El otro frunce el ceño ante el consejo.
Más tarde, su madre entra en el almacén y encuentra a Sam pegando galletas de la fortuna rotas al suelo. Sam ve el agotamiento en el rostro de su madre, pero no la ira. Su madre mira el desastre con el ceño fruncido, apretando una bolsa de plástico con sobras.
Sam por fin se da cuenta de la ira de su madre, pero ya es tarde. —Limpia esto —dice, mientras la levanta de un tirón tan fuerte que le disloca el hombro. Sam suelta un chillido—. Antes de que lo vea.
Pero el jefe lo ve. Diez minutos después, le está diciendo a su madre la suerte que tiene de que le permita a su jodida mestiza quedarse allí, y le recorta cuarenta dólares del sueldo.
Al llegar a casa, la madre de Sam la manda al rincón durante una hora como castigo mientras saltea el arroz sobrante. En la mesa, comen en silencio.
Finalmente, Sam murmura con voz tímida: —Lo siento, mamá.
Su madre no levanta la vista. —¿Sabes por qué estaba enfadado?
—Porque lo ensucié todo —responde.
—Porque tenía miedo.
—¿Por qué tenía miedo? —pregunta.
—Porque cuando los clientes comen allí, esperan que esté limpio.
Sam agacha la cabeza.
—¿Sabes por qué estaba enfadada yo? —pregunta ahora su madre.
—Porque podrías haber perdido el trabajo —adivina finalmente Sam.
—Porque estabas escuchando a escondidas a esos dos clientes —dice su madre—. No me gusta que escuches las conversaciones de los demás.
Su madre la mira fijamente. Luego añade en voz baja: —Siento haberte tirado del brazo hoy.
—Ocúpate de tus asuntos —dice su madre—, y no te metas en los de los demás. Solo quiero que te preocupes por tus notas.
—Sí, mamá —responde Sam.
—La universidad llegará antes de que te des cuenta. Así que agacha la cabeza y trabaja duro. Alcanza las estrellas, ¿vale?
Son las primeras frases en inglés que su madre aprendió.
—Prométemelo —dice su madre ahora.
Sam asiente.
Esa noche, Sam yace en la cama, pensando en el tenedor que se convirtió en cuchara. La alquimia es la ciencia de transformar algo en otra cosa más deseable.
¿Qué es más deseable? Nunca ha querido nada diferente. Aun así, la frase se le queda grabada.
Recuerda el pesar en los ojos de su madre. Quizá sería más deseable que su madre no tuviera que trabajar tanto. Si tuvieran más dinero. Quizá unas cortinas nuevas serían mejores, y un apartamento más grande. Quizá sería agradable que se fijaran más en ella, ser tan rica y elegante como aquellos hombres.
*Más deseable*. Por primera vez, Sam se pregunta si puede haber algo mejor. Una creciente marea de deseo, un anhelo de algo más grande, más grandioso.
Todo puede ser más hermoso. Y como tiene el potencial de ser más hermoso después, de repente todo parece menos hermoso ahora.
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El 80 por ciento del universo está compuesto de materia oscura... Podemos medir científicamente toda la sustancia de un cuerpo humano, pero ¿qué le da vida? ...La alquimia, por tanto, es una rama en el estudio de la materia oscura...
La Sustancia de la Nada, por el Dr. Peter Lawrence Taylor, 1987
Ari
Lo primero que Ari nota de Sam es que nadie más parece notarla.
Él no sabe lo que es eso. Toda su vida, los ojos lo han seguido. Él solo se encoge tras su mochila e intenta desaparecer. Cada mañana, un coche negro lo deja a una manzana del colegio y, al girar la esquina, ve a Sam junto a la verja. Ella tiene un don especial para mantenerse fuera del camino de los otros chicos, y él siente envidia de la facilidad con que los demás la ignoran. Para él, es la persona más evidente del edificio.
El primer día de séptimo grado, Ari ve cómo llega justo cuando suena el timbre. Apunta a la silla vacía junto a él. Al pasar, capta un ligero olor a comida en su ropa, mezclado con el aroma del viento.
Susurra: —Hola.
Sus grandes ojos se vuelven hacia él con sorpresa.
—Hola —susurra ella de vuelta.
—Soy Ari.
—Soy Sam.
Entonces llega el profesor y ella aparta la mirada, pero él se encuentra observándola un instante más, deseando por primera vez que alguien se fije más en él.
Si Ari se concentra, puede rescatar retazos de sus recuerdos de infancia en Gujarat: carreteras abarrotadas, calor húmedo, el aire cargado de humo, aguas residuales y especias.
Qué niño tan tímido, cuchicheaban tías y tíos. A medida que crecía, la gente lo observaba con interés, una incomodidad grabada en su piel. Esos ojos, decían. Ese pelo. No entendía por qué la gente tenía la manía de tocarlo.
Fue durante un recado con su tío cuando Ari vio al hombre sentado en un café al aire libre. Indio, de piel clara, con un traje bien almidonado que denotaba riqueza. Cuando Ari volvió a mirar, el hombre lo miraba fijamente.
El desconocido se levantó y cruzó la calle. Tenía un aspecto extraño: un caballero mayor, pero con ojos que parecían de alguien más joven. Una insignia con forma de zorro dorado brillaba en su solapa.
—La gente se te queda mirando —dijo el hombre. Su guyaratí tenía un ligero acento extranjero.
Ari no respondió.
—¿Sabes por qué?
Ari no lo sabía.
—Es porque tienes un alma fuerte. —El hombre extendió la mano para tocar el pecho de Ari, y él retrocedió—. Todo el mundo se siente atraído por un alma fuerte. Atrae, y la gente se da cuenta. A algunos les gusta llamarlo carisma.
El hombre lo estudió. —¿Cómo te llamas?
Ari negó con la cabeza.
—Un corderito. No tengas miedo. —El hombre recogió un puñado de mantillo de un arriate cercano. Cuando volvió la mano hacia Ari, el mantillo había desaparecido, y en su lugar había un helado nuevo.
Ari lo miró fijamente, sintiendo una onda en el aire. Por fin, habló. —¿Quién eres? —preguntó en voz baja.
El hombre le dedicó una sonrisa cómplice. —Prometeo —dijo—. Nos volveremos a ver.
Ari se quedó sosteniendo el helado sin comerlo, incluso cuando empezó a derretirse. Su tío finalmente se lo arrebató y se lo comió, saboreándolo como si fuera real. Ari pensó que tal vez había malinterpretado lo que había visto.
Pero cuando se despertó a la mañana siguiente, oyó la voz del hombre procedente del salón. Su madre entró, con el ceño fruncido.
—¿Qué pasa? —preguntó él.
—Ven, ven. —Le puso una mano fría en la mejilla—. Sal a saludar a tu tío. Se ha ofrecido a llevarte de viaje, así que tienes que ser agradecido.
Ari obedeció y se levantó para conocer al hombre que no era su tío.
Su llegada a Angel City fue un torbellino de lujo desorientador. El hombre —Rudra Mahajan— lo alojó en un hotel con el aire acondicionado helado y luego en un elegante apartamento en el Eastern Columbia Building. Era mucho más espacio del que un niño necesitaba, con armarios llenos de ropa impecable y a medida que temía tocar, y estanterías rebosantes de libros en idiomas que aún no podía leer, llenos de extraños diagramas de círculos entrelazados y geometría sagrada.
A la tarde siguiente, un coche negro lo recogió de su primer día de colegio americano y lo llevó a la Biblioteca Central. Una chica mayor de pelo rubio y corto lo esperaba, con una insignia de zorro dorado en su impecable traje azul marino.
—¿Ari? —dijo ella. Ari asintió.
—Isla —respondió—. Bienvenido a Lumines. Aquí esperamos que siempre te presentes como un ejemplo de perfección. Espero que mañana te vistas como corresponde.
Ari se puso rojo de vergüenza.
Isla lo condujo a un ala privada: la GALERÍA ALEXANDER REED. Dentro había una enorme sala de estudio circular donde una docena de estudiantes bien vestidos se sentaban a una larga mesa, con el señor Rudra al frente. Todos se giraron para mirar a Ari con su ropa vieja y gastada. Con las mejillas ardiendo de vergüenza, deseó poder huir.
Isla le indicó que tomara asiento.
—Buenas tardes, Ari —dijo el señor Rudra.
—Buenas tardes —respondió Ari en voz baja.
El señor Rudra se tragó una reluciente píldora blanca. —¿Estamos listos? —preguntó.
Un traductor comenzó a hablarle a Ari en guyaratí en voz baja, y Ari escuchó la palabra alquimia por primera vez.
Quería llamar desesperadamente a su familia, pero el señor Rudra lo prohibió. —Una regla estricta de Lumines. Tu compromiso está aquí. Todo lo demás es una distracción.
Así que Ari escribió cartas que nunca podría enviar. Los días se convirtieron en meses. La nostalgia lo envolvió. Su inglés mejoró rápidamente, pero empezó a olvidar cómo escribir en guyaratí. Se encerró en sí mismo. No había nadie con quien pudiera hablar que entendiera la sensación única de intentar volver a echar raíces en tierra extraña.
Pasó un año entero. Un nuevo semestre, una nueva clase.
Y entonces, aquel otoño, vio entrar en su aula a una chica a la que nadie parecía notar.
Vio a una chica llamada Sam.
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...y se espera que Diamond Taylor llegue en treinta minutos para cortar la cinta de la gran inauguración de las Winged Towers... Ahora solo falta demostrar que pueden resistir el paso del tiempo.
Imágenes de noticias de la gran inauguración de las Winged Towers, 1995.
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